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En Cristo tiene lugar la plenitud de la Revelación. En su palabra y en su
vida se contiene todo lo que Dios ha querido decir a la humanidad y a
cada hombre. En Jesús encontramos todo lo que debemos saber acerca de
nuestra propia existencia, en Él entendemos el sentido de nuestro vivir
diario. En Cristo se nos ha dicho todo; a nosotros nos toca escucharle
y seguir el consejo de Santa María: “Haced lo que Él os diga” (Juan 2,
5).
Ésa es nuestra vida: oír lo que Jesús nos dice en la intimidad de la
Oración, en los consejos de la dirección espiritual y a través de los
acontecimientos que Él manda o permite, y llevar a cabo lo que Él
quiere de nosotros. A la oración hemos de ir a hablar con Dios, pero
también a escuchar sus consejos, inspiraciones y deseos acerca de todos
los aspectos de nuestra vida. Nuestra Madre nos enseña a escuchar a su
Hijo, a considerar las cosas en nuestro corazón como Ella lo hacía
(Lucas 2, 19).
A la oración sincera, con rectitud de intención, y sencilla, como habla
un hijo con su padre, un amigo con su amigo, “están siempre atentos los
oídos de Dios”. Él nos oye siempre, aunque en alguna ocasión tengamos
la impresión de que no nos atiende. Y también nosotros debemos prestar
atención a Jesús que nos habla en la intimidad de la oración.
El Señor deja en el alma abundantes frutos, aunque a veces nos pasen
inadvertidos. Procuremos rechazar cualquier distracción involuntaria,
veamos qué debemos cuidar para mejorar ese rato de conversación con el
Señor, y seguir el ejemplo de los santos, que perseveraron en su
oración a pesar de las dificultades.
Al hacer nuestra oración, siempre tenemos a nuestro Ángel Custodio a
nuestro lado, para ayudarnos y llevar nuestras peticiones al Cielo
(comparar con Mateo 18, 10). Examinemos si nosotros estamos atentos a
lo que quiera el Señor decirnos en nuestro diálogo.
Los propósitos que sacamos de la oración deben estar bien determinados
para que sean eficaces, para que se plasmen en realidades o, al menos,
en el empeño por que así sea: “planes concretos, no de sábado a sábado,
sino de hoy a mañana, y de ahora a luego”, como dice J. Escrivá de
Balaguer, en su libro “Surco”.
Los propósitos diarios y esos puntos de lucha bien determinados -el
examen particular- nos llevarán de la mano hasta la santidad, si no
dejamos de luchar con empeño. Con la ayuda de la Virgen podremos
llevarlos a la práctica.
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