COMUNIDAD
El concepto de pequeñas comunidades cristianas en donde se aprende y profundiza la fe de aquellos que participan fraternalmente y que se reúnen en una atmosfera de cantos y oraciones, no es algo nuevo.
La Iglesia primitiva comenzó con sólo doce Apóstoles y algunos cientos de discípulos, pero aquellos que se convertían se unían a ella diariamente;
La primera comunidad cristiana:
Todos se reunían asiduamente para escuchar la enseñanza de los Apóstoles y participar en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones. (Hch. 2, 42).
En la carta a los Hebreos se afirma elocuentemente:
23 Mantengamos firme la confesión de la esperanza, pues fiel es el autor de la Promesa. 24 Fijémonos los unos en los otros para estímulo de la caridad y las buenas obras, 25 sin abandonar vuestra propia asamblea, como algunos acostumbran hacerlo, antes bien, animándoos: tanto más, cuanto que veis que se acerca ya el Día. (Heb. 10, 23 – 25).
El Beato Jorge Matulaitis, escribió en su diario espiritual:
“Cuánto bien podrían hacer los hombres y mujeres laicos si tan sólo fuesen previamente:
- Instruidos e iluminados en los asuntos de la fe.
- Informados de las necesidades de la Iglesia.
- Encendidos con el fuego del santo celo
- Luego organizados en grupos y atraídos a la labor de difundir la fe.
Serían capaces de llevar a Cristo a aquellos lugares a los que nosotros los sacerdotes ni siquiera nos podemos acercar.”
“Los fieles cristianos laicos deben ser preparados asiduamente para el apostolado. En primer lugar, se les debe ayudar en la formación profunda de la Sagrada Escritura y de la doctrina Católica a fin de nutrir su vida espiritual y entender correctamente las condiciones del mundo”.
La pequeña comunidad debe cuidar que las personas pertenecientes a ella, se unan más mediante la colaboración y compartir de los trabajos apostólicos y bienes espirituales y ello redunde en mayor fortaleza para la pequeña comunidad.
Exhortación del Papa Juan Pablo II, a los miembros de los Apóstoles Eucarísticos de la Divina Misericordia:
“La sociedad moderna presenta nuevas miserias y nuevos tipos de pobreza, personas que sufren el aislamiento, familias y poblaciones que son víctimas de los incesantes cambios socioeconómicos y culturales y que son desalentadas por las injusticias sobre ellas infligidas, hasta el grado en que a menudo llegan a perder de vista el sentido auténtico y los valores auténticos de la vida…ustedes, Padres Marianos… déjense atraer por los crecientes rangos de los nuevos pobres de diversas culturas, hasta ser capaces de responder a sus más profundas aspiraciones, su sed de verdad, de justicia y de amor…”
La invitación es a ser las manos y los pies de Jesucristo, para otros miembros de la comunidad, así como para la Iglesia local.
Disciernan la mejor manera en que su grupo puede edificar la Iglesia, entendiendo que todos estamos llamados a difundir la Buena Nueva dando testimonio de nuestra vida cristiana.
Debemos encausar todos nuestros esfuerzos reafirmando nuestro lema:
“Junto a María Madre de Misericordia, por Jesucristo y la Iglesia”.
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